Mentalidad de
aprendiz: el hábito que nunca se jubila
Hace poco escuché
a un decano universitario en una entrevista. Le hicieron una pregunta poderosa
y aparentemente sencilla:
“¿Cuál es el
hábito por excelencia que una persona puede implementar para mejorar su
bienestar?”
Sin pensarlo dos
veces, respondió:
“Interés y curiosidad por aprender.”
Y no pude estar
más de acuerdo.
La curiosidad es un superpoder subestimado. Si no me crees, pregúntale a cualquier niño que ha desarmado un juguete solo para ver cómo funciona… o pregúntame a mí, que por curioso casi desarmo una empresa entera. Pero tranquilo, ya llegaremos a esa parte.
La lección de
un mentor… y de un feligrés con mentalidad de jubilado
Hace años tuve el
privilegio de tener un mentor. Un hombre sabio, experimentado, de esos que
parecen llevar una enciclopedia en la cabeza. Varios líderes nos reuníamos con
él cada mes para aprender. Esas reuniones eran como vitaminas para el
liderazgo.
Un día, sin
previo aviso, nos dijo algo que me dejó frío:
— “Ya no tengo
nada más que enseñarles. Les he compartido todo lo que sé, así que dejaremos de
reunirnos.”
¿Perdón?
¿Todo?
¿Se acabó el conocimiento?
Salí triste, pero
también con una convicción profunda:
“Yo no quiero llegar al día en que diga: ‘Ya no tengo nada más que
aprender’.”
Quiero que me
sigan enseñando hasta que mi cabello sea blanco…
o inexistente, como en mi caso.
Ese mismo decano
de la entrevista decía algo muy cierto:
Cuando una
persona cree que lo sabe todo, comienza la ceguera intelectual.
Y eso me recordó
a un feligrés que conocí hace años.
Era activo,
comprometido, participaba en retiros, desayunos de varones (con buen café y
chilaquiles incluidos), misiones… hasta que un día cambió.
Cuando lo
invitábamos a algo, respondía muy serio:
— “Ya he asistido a muchos retiros y desayunos. Ahora solo vengo al servicio
dominical y con eso me basta.”
En otras
palabras:
“Ya aprendí suficiente. Gracias.”
Qué triste momento. No porque fuera malo asistir solo al servicio, sino porque cerró la puerta al aprendizaje. Yo no quería llegar ahí. Así que me propuse seguir aprendiendo… aunque a veces me tocara tropezar. Y vaya que tropecé.
Curiosidad
desatada en Vida Distributors
(Y cómo casi
me despiden por ser “muy inteligente”)
Corría el año 1984.
Trabajé en Vida Distributors, una sucursal de Editorial Vida. No tenía
experiencia en distribución de libros ni biblias. Ninguna.
Para que te hagas
una idea del contexto:
las computadoras eran carísimas, ocupaban el espacio de un refrigerador y
parecían más una amenaza que una herramienta.
Mi jefe, Tom
Fraiser, un americano con un acento tan sureño que cada vez que hablaba se
me antojaban costillas BBQ, había iniciado la operación desde cero. Cuando
llegué, todo estaba instalado, incluida una enorme computadora IBM con un
programa de ventas e inventario que Tom manejaba… más o menos.
Como buen novato,
me convertí en una esponja humana. Observaba, preguntaba, anotaba. Y
pronto noté algo: Tom solo conocía lo básico del sistema.
Ahí apareció mi
curiosidad:
“¿Qué más
puede hacer esta cosa tan cara?”
Con su permiso,
me llevé los manuales a casa. Pasé noches leyendo en inglés, con diccionario a
un lado y café corriendo por las venas. Al día siguiente aplicaba lo aprendido
y mejoraba procesos.
Tres meses
después, yo ya le enseñaba a Tom funciones avanzadas del programa.
Me sentía como un genio de Silicon Valley… hasta que llegó el botón despiadado.
El gran error
de la curiosidad
(¡No presiones
ese botón!)
El sistema tenía
una opción avanzada llamada:
“Restore to default settings.”
Sonaba
interesante.
Demasiado interesante.
La presioné.
Resultado:
Clientes borrados
Inventarios desaparecidos
Registros eliminados
Fue como lanzar
un misil digital.
Pensé:
“Aquí se acaba mi carrera. Tom me va a despedir y me va a mandar de regreso
a Louisiana… aunque nunca haya vivido ahí.”
Cuando le confesé
lo ocurrido, me miró serio y dijo:
— “No lo vuelvas a hacer. Por suerte tengo un respaldo de la semana pasada.”
¡Respiré otra
vez!
Aprendí dos
lecciones que nunca olvidé:
- La curiosidad es buena, pero no todos
los botones se presionan.
- Siempre, siempre, ten un respaldo.
Aplicaciones
prácticas para la vida
Aquí está lo
importante. ¿Qué aprendemos de todo esto?
1. Sé un
aprendiz constante
No importa tu
edad. La curiosidad te mantiene joven, relevante y en crecimiento.
2. Pregunta,
aprende y aplica
El aprendizaje
real ocurre cuando llevas el conocimiento a la acción.
3. No te
rindas por cometer errores
Aun cuando borres
“todo el sistema”, aprende y sigue adelante.
4. Rodéate de
personas que te desafíen a crecer
“El hierro con
hierro se afila…” (Proverbios
27:17)
5. Mantén la
humildad
Creer que ya lo sabes todo es el principio del estancamiento.
Conclusión
Cultivemos
siempre una mentalidad de aprendiz.
Porque el día que creemos que ya lo sabemos todo, comenzamos a retroceder.
Y seamos
honestos…
nadie quiere convertirse en una persona estancada y aburrida.
Gracias por
leer
Gracias por
tomarte el tiempo de leer este artículo. Oro para que te inspire a seguir
aprendiendo, creciendo y manteniendo viva la curiosidad.
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“Enséñanos de
tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmo 90:12)
Un abrazo grande, y recuerda siempre:
lo mejor… está por venir

